
Personas de integridad
La degradación del debate público y la creciente desafección hacia las instituciones han vuelto a situar en primer plano una cuestión tan antigua como decisiva: la integridad de quienes ejercen liderazgo y toman decisiones que afectan a terceros.
El filósofo Robert C. Solomon fue uno de los principales referentes contemporáneos de la ética de las virtudes; eminente profesor de la Universidad de Texas, tuve el privilegio de compartir con él mi admiración hacia la obra de Nietzsche y Aristóteles y su aplicación práctica al mundo del management. Este autor definía la integridad como la síntesis coherente de las virtudes que conforman el carácter moral de una persona. Desde una perspectiva etimológica, el término procede del latín integrĭtas-integritātis, que remite a aquello que permanece entero, intacto e incorrupto. Aplicado a la conducta humana, alude a la coherencia entre los valores que una persona proclama y las decisiones que adopta en la práctica. En resumen, está íntimamente relacionado con su coherencia, su entereza y su autenticidad.
La integridad es una meta-virtud que constituye una de las cualidades más valiosas y escasas en cualquier sociedad porque exige alcanzar un elevado grado de desarrollo moral. Sin embargo, Solomon advirtió de un fenómeno particularmente preocupante y que hoy en día cobra especial actualidad: la existencia de individuos que proyectan una imagen de extraordinaria rectitud ética sin que esta se corresponda necesariamente con su comportamiento real. A estos los denominó, de forma deliberadamente provocadora, “personas de integridad”.
Esta tipología de sujeto representa una forma sofisticada de hipocresía moral. Se trata de profesionales o líderes que hacen una exhibición constante de principios éticos, supuestamente irrenunciables y convierten la reivindicación pública de sus valores en un elemento central de su identidad. Paradójicamente, cuanto más abstractos y grandilocuentes son los principios que invocan, más flexibles parecen resultar en su aplicación práctica, concretamente, cuando entran en juego sus propios intereses.
Estos sujetos suelen justificar sus decisiones apelando al bien común, a la defensa de valores superiores o a imperativos morales indiscutibles. Sin embargo, un análisis más detenido revela que dichas decisiones terminan beneficiándoles de forma recurrente a ellos mismos o a sus círculos de influencia. La discrepancia no se percibe como una diferencia legítima de criterio, sino como una amenaza a la superioridad moral que se atribuyen. El resultado es una peligrosa combinación de narcisismo ético, intolerancia a la crítica y utilización instrumental de los valores.
La relevancia de esta reflexión trasciende el ámbito filosófico. En algunas investigaciones que hemos liderado en el ámbito académico sobre liderazgo tóxico y comportamiento antiético en las organizaciones hemos puesto de manifiesto que la incoherencia entre los valores declarados y las conductas observadas constituye uno de los principales factores de deterioro de la confianza. Cuando quienes ocupan posiciones de responsabilidad exhiben discursos éticos que no se corresponden con sus actuaciones, las consecuencias afectan directamente al clima organizativo, a la reputación institucional, al compromiso de los equipos y, en última instancia, a los resultados.
Quizá por ello una de las cuestiones más importantes de nuestro tiempo no sea cuánto hablan los líderes de ética, transparencia o valores, sino hasta qué punto existe correspondencia entre sus palabras y sus actos. La verdadera integridad no necesita ser proclamada de forma permanente; se manifiesta en la consistencia observable de las decisiones, especialmente, cuando comportan costes personales o asunción de responsabilidades.
En una época caracterizada por la sobreexposición mediática proliferan estos “sujetos de integridad”, por lo que resulta imprescindible desarrollar mecanismos preventivos que permitan evaluar la coherencia de quienes ejercen funciones de liderazgo político o empresarial. Porque la confianza social y organizacional no se sustenta en las declaraciones de principios, sino en la evidencia reiterada de que estos se aplican con el mismo rigor a uno mismo que a los demás. Gracias a la investigación científica podemos extraer el Índice de Coherencia Directiva (ICD) a través del análisis profundo del Cociente de Liderazgo Ético (CLE) de directivos y mandos intermedios, ¿Estamos realmente dispuestos y preparados para conocer este dato en nuestras organizaciones políticas, sociales y empresariales? Independientemente del nivel de honestidad intelectual que cada uno decida aplicar a este planteamiento, lo que es indudable es que políticos, empresarios y directivos éticos e íntegros como los de la foto hacen de este mundo un lugar extraordinario.
(Composición ilustrativa generada mediante inteligencia artificial (ChatGPT, OpenAI) a partir de instrucciones textuales proporcionadas por la autora).
